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Por qué recordaremos a Umberto Eco

Publicado por en Reportaje ·

Umberto Eco en Bolonia en febrero de 2015. Credit Roberto Serra/Iguana Press, via Getty Images

Un antiguo departamento lleno de libros esparcidos por doquier, volúmenes coloridos con fabulosos grabados y mapas encartados que describían miles de aventuras fue el paraíso perdido que Umberto Eco buscó toda su vida.

Fue en la casa de su abuelo, que dedicó su vejez a encuadernar las primorosas ediciones decimonónicas de Gautier y Dumas, donde tuvo el primer contacto con una verdadera biblioteca. Aunque no llegó a conocerlo mucho porque murió cuando Eco tenía seis años, esa experiencia lo marcaría para siempre, por lo que comenzó a escribir novelas desde niño. Primero empezaba por el título y después “solía dibujar de inmediato todas las ilustraciones, y luego empezaba el primer capítulo. Pero como siempre escribía en mayúsculas, por imitación de los libros impresos, al cabo de unas pocas páginas me agotaba y lo dejaba”, recuerda en su libro “Confesiones de un joven novelista”.

El escritor, ensayista, filósofo, medievalista y crítico cultural italiano murió el viernes en la noche en su habitación, anunció su editorial italiana, Bompiani, según la agencia de noticias ANSA.

A sus 84 años, Eco conservaba intacta la pasión bibliófila que heredó de su abuelo y, por su trabajo como investigador historiográfico y cultural, llegó a tener más de 50.000 volúmenes en su propia colección. Fiel a su carácter excéntrico se refería a ella como una “antibiblioteca” donde los libros que no había leído eran más importantes que los que ya conocía.

Nacido en 1932 en Alessandria, contravino los deseos de su padre que quería que fuese abogado y cursó estudios filosóficos medievales en la Universidad de Turín, donde obtuvo su doctorado y fue profesor. El estudio de los signos, su influencia y evolución a través de las distintas variaciones de la cultura y los procesos comunicativos, es decir, la semiótica, fue la gran pasión académica de su vida y en esa área produjo estudios primordiales como “Obra abierta” (1962), “Apocalípticos e integrados” (1965), “La estructura ausente” (1968) y, el ya clásico, “Tratado de semiótica general” (1975), entre otras investigaciones.

Sin embargo, alcanzó la celebridad fuera de los círculos académicos por la novela “En el nombre de la rosa” (1980), en la que narra los misteriosos crímenes de un monasterio medieval que son descifrados por el franciscano Guillermo de Baskerville y su ingenuo asistente, Adso de Melk.

Todo empezó en 1978, cuando el académico supo que una editorial italiana estaba buscando historias de novela negra cuyos autores no fuesen escritores de ficción. Por aquella época fumaba 60 cigarrillos al día, según le contó a The Paris Review, por lo que volvió a su casa muy inquieto y, al fisgonear en sus cajones, halló un largo listado de nombres de monjes medievales que había estado reuniendo sin un fin aparente. “En ese momento se me ocurrió que estaría bien envenenar a un monje durante su lectura de un libro misterioso, y eso fue todo. Empecé a escribir”, recuerda en “Confesiones de un joven novelista”.

Esa pareja detectivesca le granjeó los favores mediáticos con publicaciones en 35 países, más de 15 millones de ejemplares vendidos y un filme protagonizado por Sean Connery y Christian Slater. Como nota curiosa el personaje de Jorge de Burgos, un monje ciego que custodia la biblioteca, es un homenaje al escritor argentino Jorge Luis Borges, de quien Eco fue un ferviente admirador. Desde entonces no paró de escribir ficciones y fruto de ese interés son historias como “El péndulo de Foucault” (1988), “La isla del día de antes” (1994) y “Baudolino” (2000), entre muchas otras.

Más allá de sus fabulosas historias y personajes de ficción, sus aportes a la teoría de la comunicación son vastos. A Eco se le debe una nueva tipología del signo que actualiza el campo semiótico para analizar la avalancha de información proveniente de los medios audiovisuales.

Su visión del icono abre nuevas vertientes para el estudio de manifestaciones visuales como las fotografías. Eco decía que la noción tradicional del icono (fundamentada por Charles Peirce) afirma que “estos poseen las propiedades de sus objetos”, sin embargo, es fácil constatar que “un retrato no posee, de ninguna manera, las propiedades de su objeto”, por lo que la fotografía de un ser humano no equivale a sus capacidades. Es decir: por muy bella que sea la foto de un ser querido que ha muerto, es solo una representación que no habla, piensa o siente.

Su estudio de las concepciones artísticas en movimiento y su relación con el espectador permite considerar los efectos que la obra de arte tiene en el ánimo de las audiencias y cómo varía la percepción en cada persona, elementos que fundamentan los ensayos de “Obra abierta”.

A Eco le gustaban los fenómenos pop y era un gran fanático de la televisión y las series policiales como “Starsky and Hutch”, “CSI”, “Miami Vice”, “ER” y, por sobre todas, “Columbo”, que solía ver en DVD. Otro ejemplo de su fascinación por los medios masivos fue su interés por “El código Da Vinci” y su autor: “¡Yo inventé a Dan Brown!, parece un personaje de ‘El péndulo de Foucalt’. Comparte la fascinación de mis personajes por las conspiraciones de los rosacruces, masones y jesuitas”, comentó en una entrevista donde bromeó al decir: “Sospecho que Dan Brown no existe”.

En los últimos años de su vida fue un duro crítico de Internet y llegó a decir en una entrevista con el diario italiano La Stampa que el gran drama de este nuevo medio era que había “promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”. También criticó a los medios sociales al decir que: “Han generado una invasión de imbéciles que le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar”.

Durante su larga carrera recibió múltiples reconocimientos como 38 doctorados honoris causa y fue profesor emérito de la Universidad de Bolonia. Pese a haber estudiado en instituciones católicas durante buena parte de su vida –sobre todo con salesianos y jesuitas– no dejó de criticar todo lo humano y lo divino que le interesaba, como cuando escribió: “Para un creyente en una fe determinada, todos los entes religiosos de otras religiones —en otras palabras, la abrumadora mayoría de esos entes— son individuos ficticios, así que debemos considerar ficticios a aproximadamente el noventa por ciento de todos los entes religiosos”.

En su “Poema de los dones”, Jorge Luis Borges fantasea sobre la eternidad y escribe: “Yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca”. Un sueño que Eco, bibliómano y borgeano irredento, seguro estaría feliz de comprobar.



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